YAYOI KUSAMA

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YAYOI KUSAMA

 

Subir al tope del Empire State fue lo primero que hizo la artista japonesa Yayoi Kusama cuando llegó a Nueva York, entrando la década de los 60. A sus 26 años, aspiraba lograr reconocimiento y fama cuando el pop art y el minimalismo estaban irrumpiendo en la ciudad. Quizás imaginó su futuro desde el emblemático mirador. A esa distancia tan alta, los ciudadanos eran pequeños puntos en movimiento. En aquel momento, ella solo era un punto más en el rascacielos.

 

Las flores fueron las primeras imágenes que se fijaron en su mente; creía que le hablaban, y las representaba en dibujos fugaces. A los 10 años ya utilizaba los lunares y mallas como motivos en sus obras en acuarela, óleo y pasteles.

 

 

Pero Kusama no es mujer de etiquetas, ella simplemente crea para salvarse de sus propios fantasmas, en la construcción de un universo propio. Cuando el público interactúa con su obra no está haciendo otra cosa que entrar en una de sus alucinaciones. Asistir a una de sus exposiciones es experimentar el surrealismo del mundo que habita en la mente de esta creadora. Por eso, cuando se anuncia una exhibición de esta artista, la multitud hace pacientemente su cola para poder experimentar en breves minutos el asombro que producen sus cuartos, que podrían definirse como psicodélicos.

 

 

Yayoi Kusama está entre las primeras mujeres japonesas que abandonaron su país para ser parte de la revolución cultural de los años 60 en Estados Unidos. Las fotografías de una mujer vestida de blanco con pintas negras y un caballo oscuro de pintas blancas, cobran sentido en la memoria cuando surge el nombre de la artista. Estas escenas forman parte de sus primeros performances de los años 60, Horse Play , en Woodstock, Nueva York. Tuvo tanta importancia como los videos que produjo al pintar los cuerpos desnudos de sus modelos con sus famosos lunares. Más sorprendente aún fue cuando apareció desnuda en el puente Brooklyn para quemar insignias estadounidenses, en protesta por la guerra de Vietnam.

 

 

Como otra de sus fobias a vencer, ella reprodujo de mil formas la imagen fálica, gesto que también se interpretó como una forma de protesta al dominio de los hombres. Kusama no se considera feminista, rechaza cualquier ismo, cualquier categorización que se haga sobre ella o su arte, pero si abogó por las libertades que en los años 60 eran la efervescencia de las calles: manifestaciones contra la guerra de Vietnam, la liberación sexual y el derecho de los homosexuales estaban en su agenda. Hoy por hoy, la infinitud y el amor siguen siendo sus motivos de expresión.

 

 

Los más afamados museos —el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Museo de Arte Moderno de Oxford, el Museo de Arte de Los Ángeles, el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, el Centro Georges Pompidou en Paris, la Tate Modern de Londres, el Museo Whitney, el Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio y el Museo Boijmans Van Beuningen de Rotterdam, entre otros—, han expuesto su obra. La firma de moda Louis Vuitton, le hizo un guiño cuando incorporó en sus vitrinas los diseños de la artista.

 

 

La artista japonesa forma parte de una generación en la cual el universo cobró una importancia que antes no tenía. Ella tiene su propia visión del cosmos: sus lunares y entramados elevan al espectador desde su individualidad, como pertenencia a un todo, hasta el universo.

 

A sus 91 años aún trabaja porque sus alucinaciones todavía le atormentan; no encuentra la paz si no se concentra en sus detallados trazos. Tiene su propio Museo en Japón, sigue activa en su taller del barrio Shinjuku (Tokio), y en las noches recorre en su silla de ruedas unas pocas manzanas para regresar al psiquiátrico donde se internó voluntariamente.

 

Yayoi Kusama realizó un largo viaje a los Estados Unidos, atravesando el mar y sus miedos. Regresó a su hogar en Japón creyéndose perdida y encontró la gloria, aún sin darse cuenta. El tiempo es tan vasto como el universo y ella lo ha transitado con su arte, como un pequeño punto en ese infinito que es la inmensidad de su vida.